En un tratado apócrifo atribuido a la alquimista Arami Ka’aguy, se menciona la existencia de una criatura singular: no era hombre ni bestia, pero tenía, según el texto, la capacidad de nombrar los átomos.
Ignoramos si el texto es alegórico, metafísico o meramente zoológico. De sus páginas fragmentarias se deduce que, en una era olvidada —acaso anterior a la historia, o posterior a ella— surgieron seres cuya autenticidad no dependía de la máscara ni del espejo. Eran, simplemente, lo que eran. No aspiraban a devenir, sino a afirmarse en un ser sin fisuras.
Los eruditos de aquella época no lograron explicar la génesis de este fenómeno. Algunos postularon una mutación del alma, otros, una saturación del lenguaje que condujo a su disolución. Lo cierto es que aquellas criaturas hablaban, pero ya no lo hacían para significar. Sus sonidos no eran herramientas, sino emanaciones químicas de una emoción sin nombre. Su conciencia se bifurcó hasta el extremo: de esa escisión nació una certeza única —la de su unicidad— pero no como una versión egoísta ni vanidosa, sino como la manifestación genuina de un ser que no aspiraba a dominar el mundo, sino a comprender su lugar en él. Esta unicidad no era una afirmación del yo aislado, sino una síntesis del todo, donde cada partícula del ser estaba interconectada con el cosmos.
El hábito, entonces, no fue domesticación sino revelación. Habitar el mundo consistía, para ellos, en habitarse a sí mismos. Uno de los cronistas —de quien no ha quedado más que una nota marginal en un cuaderno dañado— escribió: “Cada bestia era su propio axioma, y el mundo era una consecuencia.”
El siglo XXI, según las crónicas, fue la era del en sí. La metafísica fue sustituida por una ontología inmediata, casi felina. La vieja angustia existencialista, que en el siglo anterior se expresó en tratados, suicidios y congresos, fue reemplazada por un modo de estar que no requería justificación.
No faltaron disidentes. Hubo bestias que fueron encerradas por haber intentado menos: por haberse atrevido a no ser del todo. Pero ese tiempo —el de las cárceles, los juicios, las categorías— fue
sepultado como un mito vergonzoso. En el siglo XXII, se enseñaba a los cachorros de bestia que una vez existió una era en la que nombrar no bastaba, y en la que ser era motivo de sospecha.
Si esta historia es cierta o sólo una fábula, no importa. Toda verdad futura empieza por parecer imposible.
El sistema monárquico pantocrático moderó el intercambio entre las bestias a lo largo de casi diecisiete milenios, desde los albores de la era mimético-referencial, hasta la irrupción de la conciencia telepática, un fenómeno inesperado que se desató por la imponente lluvia electromagnética que asoló la Tierra. Esta lluvia, intermitente y de una intensidad insondable, se desplegó durante el siglo XXII, con un ritmo que los estudiosos llamaron “frecuencia apocalíptica”, aunque ninguna bestia, en su ansía de supervivencia, la reconoció como tal.
Este fenómeno climático, de una magnitud inédita y caótica, no trajo consigo la destrucción que se presagiaba. Al contrario, su incursión despojó a las bestias de la fatalidad histórica que las había acompañado por milenios. La alteración de sus sentidos, un tipo de mutación sutil e irreversible, las transformó sin dejar rastro de su antigua forma. Y lo más desconcertante fue que las bestias no murieron, aunque fueron despojadas de la capacidad de razonar como antes.
El monarca pantocrático, que se erguía como el árbitro de sus intercambios, observó, sin intervenir, cómo la telepatía comenzaba a filtrarse entre sus sujetos, desbordando los límites del lenguaje y del tiempo. Aquella lluvia, lejos de ser un desastre, propició una evolución que había estado latente en
la esencia misma de las bestias. Fueron estas transformaciones las que, sin ser comprendidas, marcaron el fin de una era y el comienzo de una nueva realidad, donde la conciencia no era dominio de la muerte ni de la palabra, sino una entidad fluida que se perpetuaba en un sinfín de formas y significados.



